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Fue en Valladolid (hoy Morelia), donde algunos criollos comenzaron a conspirar. Encabezados por Mariano Michelena se preparaban para levantarse en armas. Pero pronto fueron descubiertos. En Querétaro también se conspiraba contra el gobierno virreinal. Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Abasolo, Miguel Hidalgo y Costilla, el corregidor Miguel Domínguez, su esposa doña María Josefa Ortiz, además de otros personajes, preparaban su levantamiento independentista que fue descubierto por los españoles. Esto los obligó a anticipar el
inicio de la lucha armada.
El 13 de septiembre de 1810, el gobierno virreinal, enterado de la actividad de los conspiradores, ordenó arrestar a los principales conjurados. El encargado de cumplir la orden fue el propio corregidor don Miguel Domínguez, quien confinó a doña María Josefa Ortiz en su casa, pero ésta logro enviar en secreto un mensajero a sus compañeros en San Miguel el Grande (hoy san Miguel Allende). El emisario, Ignacio Ramírez, al no encontrarlos en ese sitio, continuó su camino hasta la villa de Dolores en donde entregó el mensaje a Juan Aldama, quien a su vez fue en busca de Hidalgo. Al conocer la noticia, éste decidió iniciar la lucha armada.
En la madrugada del 16 de septiembre, Hidalgo liberó a los presos y puso en la cárcel a las autoridades españolas del lugar, llamó a misa y arengó a la población exhortándola a derrocar al gobierno, hecho conocido históricamente como el “Grito de Dolores”. Ese mismo día se dirigieron a San Miguel de Allende, y en el camino, el cura tomó de la iglesia de Atotonilco la imagen de la virgen de Guadalupe como bandera de la insurgencia.
Aunque al iniciarse la guerra sólo se contaba con algunos cientos de hombres, en pocos días el ejército insurrecto rebasaba los veinticinco mil elementos. La revuelta se extendió por el Bajío donde, armado de palos, hondas, machetes y lagunas armas de fuego, el recién formado grupo tomó sin resistencia San Miguel,
Celaya y Salamanca. Al aproximarse a la ciudad de Guanajuato, se le envió una comunicación a Juan Antonio Riaño, Intendente local, exhortándolo a rendirse y a tomar la causa de la independencia; pero él decidió permanecer fiel al gobierno español y resistir en la Alhóndiga de Granaditas, sitio donde se refugiaron los españoles, con sus familias y sus caudales. La localidad fue tomada a sangre y fuego. Al término del combate, las indisciplinadas masas saquearon tanto las propiedades de los españoles peninsulares como las de los criollos ricos.
A los pocos días, el obispo de Michoacán, Manuel de Abad y Queipo, excomulgó a Hidalgo; pero ello no fue obstáculo para que éste continuara su campaña. Tomó la ciudad de Valladolid, desde donde se encaminó hacia la ciudad de México. En el trayecto, se entrevistó con José María Morelos y Pavón en la hacienda de Charo, encomendándole extender la insurrección al sur del país.
En la batalla de Monte de las Cruces, cerca de Toluca, Hidalgo derrotó a los realistas dirigidos por Torcuato Trujillo, fuerzas en las que militaba Agustín de Iturbide. Tras su triunfo, el ejército insurgente llegó hasta Cuajimalpa, en las afueras de la ciudad de México para entonces, ésta se hallaba consternada ante la derrota del ejército virreinal y la confusión se había apoderado de todos. Después de permanecer indeciso por varios días, y discrepando de la opinión de Allende, Hidalgo decidió no atacar la ciudad.
Las explicaciones que algunos historiadores han dado a este respecto es que Hidalgo se había enterado de que el gobierno virreinal había enviado refuerzos al mando del general realista Félix María Calleja y se consideró en desventaja; además, algunos estudiosos afirman que la gente de la capital no apoyaba las acciones de Hidalgo porque temían ser saqueados por el ejército insurgente.
En su marcha hacia Querétaro, en lugar dominado San Jerónimo Aculco, el ejército insurgente sorpresivamente se encontró con las tropas de Calleja, antes las cuales sufrió una derrota. Como consecuencia, los dos principales jefes del ejército insurgente se separaron: Hidalgo se dirigió hacia Valladolid y Allende hacia Guanajuato.
Mientras tanto, la insurrección se extendía por otras partes del país, Rafael Iriarte se levantaba en armas en Zacatecas, mientras que los frailes Herrera y Villerías lo
hacían en San Luis Potosí, y Juan B. Casa en Texas; en el centro de levantaron Tomás Ortiz, Benedicto López, Julián Villagrán y otros; en el occidente José María
Mercado emprendió la lucha en Tepic, José María González Hermosillo en Sinaloa y José Antonio Torres se apoderó de Guadalajara.
A esta última localidad Hidalgo arribó en noviembre de1810 y poco después lo hizo Allende. Allí en Guadalajara expidió los más importantes decretos sociales de la insurgencia: el que trataba sobre el uso de las tierras de la comunidad por sus dueños, el relacionado con la abolición de la esclavitud, el que establecía la extinción de los monopolios estatales del tabaco y la pólvora, y el de la supresión de los tributos que pagaban los indígenas. Durante su estancia en esa ciudad Hidalgo fundó también un periódico, El Despertador Americano, intentó formar un gobierno y trató de organizar ejército más sólido. Mientras tanto, Calleja había recuperado las ciudades en poder de los insurgentes; con este pretexto el general español permitió feroces carnicerías contra sus adversarios.
El 17 de enero de 1811, las tropas realistas de Calleja enfrentaron a las fuerzas de los insurgentes dirigidas por Allende, contingentes que si bien eran superiores en número, al carecer de disciplina militar, fueron derrotados. Ante esto, los caudillos insurgentes emprendieron la retirada hacia el norte del país, pasando por Aguascalientes, Zacatecas y Saltillo. En Acatita de Baján, lugar cercano a Monclava, Coahuila, en una emboscada que les tendió el traidor Ignacio Elizondo, fueron hechos prisioneros Hidalgo, Allende, Aldama, Abasolo, Jiménez y otros insurgentes. Fueron juzgados y, finalmente, fusilados. Sus cabezas se exhibieron en cada una de las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, como escarmiento o advertencia para sus seguidores.
Decreto contra la esclavitud, las gabelas y el papel sellado
Don Miguel Hidalgo y Costilla, Generalísimo de América, etc.
Desde el feliz momento en que la valerosa nación americana tomó las armas para sacudir el pesado yugo que por espacio de tres siglos la tenía oprimida, uno de sus principales objetos fue exterminar tantas gabelas con que no podía adelantar su fortuna; mas como en las críticas circunstancias del día no se pueden dictar las providencias adecuadas a aquel fin, por la necesidad de reales que tiene el reino para los costos de la guerra, se atiende por ahora a poner remedio en lo más urgente por las declaraciones siguientes:
• Que todos los dueños de esclavos deberán darles la libertad, dentro del término de diez días, so pena de muerte, la que se le aplicará por transgresión de este artículo.
• Que cese para lo sucesivo la contribución de tributos respecto de las castas que lo pagaban y toda exacción que a los indios se les exija.
• Que en todos los negocios judiciales, documentos, escrituras y actuaciones, se haga uso del papel común quedando abolido el de sellado.
• Que todo aquel que tenga instrucción en el beneficio de la pólvora, pueda labrarla, sin más obligación que la de preferir al gobierno en las ventas para el uso de sus ejércitos, quedando igualmente libres todos los simples de que se compone.
Y para que llegue a noticia de todos y tenga su debido cumplimiento, mando se publique por bando en esta capital y demás villas y lugares conquistados,remitiéndose el competente número de ejemplares a los tribunales, jueces y demás personas a quienes corresponda su cumplimiento y observancia.
Dado en la ciudad de Guadalajara, a 6 de diciembre de 1810.
Miguel Hidalgo, Generalísimo de América.
Por mandato de Su Alteza, Lic. Ignacio Rayón, Secretario. |