| |
Por Francisco Zepeda Trujillo
Frecuentemente se escucha que ya no hay valores. ¡Antes era diferente! Antes, dicen algunos, se cedía el lugar a una mujer embarazada, se respetaba a los maestros y a los ancianitos, uno podía dejar el coche abierto y nadie se llevaba nada, la mayoría de los matrimonios duraban toda una vida, los niños podían salir solos a la calle, los policías no te asaltaban..., la lista podría ser interminable. ¡Antes sí había valores!
Algo de razón hay en esta forma de afrontar los problemas éticos de nuestro tiempo, sin embargo, considero que es un planteamiento incompleto que sólo puede dar respuestas parciales. En primer lugar, idealizar el pasado es poco útil y la mayoría de las veces falso. En la generación de nuestros abuelos, por ejemplo, los matrimonios por lo general duraban toda una vida. Pero eso no quiere decir que las familias fuesen necesariamente y en todos los casos más felices, que algunos matrimonios no fuesen pactados, que muchos “dones” no tuviesen una o más casas chicas o que la fidelidad se respetase siempre. Esto no quiere decir que el pasado no sea valioso o que no podamos aprender de quienes nos precedieron. Simplemente me parece necesario reconocer que cada época ha tenido que lidiar con sus propios demonios, y que al lidiar hoy con los nuestros poco ayuda escandalizarse y echar la culpa de todo a la “pérdida de valores”.
Los valores tienen que ver con aquellos aspectos de la realidad que consideramos atractivos, deseables, dignos de ser reconocidos, alabados, protegidos. Hay valores de muchos tipos, biológicos como la salud o la vida misma, humanos como la tenacidad o la unión familiar, económicos como el bienestar o la riqueza, sociales como el prestigio o el amor a la patria, morales como la justicia o el respeto, y religiosos como la libertad de culto. No cabe duda que en cierto sentido puede decirse que hoy vivimos una “crisis de valores morales” en la familia, en las empresas, en las instituciones gubernamentales, pues percibimos que ciertas actitudes o formas de conducta que consideramos valiosas tienden a desaparecer. Sin embargo, si preguntamos a las personas sobre el valor de la familia, del respeto, del amor o la honestidad, la mayoría considerará que son valiosas e importantes en la vida. Habrá quien piense que el amor, la familia, o la justicia no lo son, pero por lo general no es así. ¿Por qué entonces no vivimos aquello que consideramos valioso?
Un elemento a considerar es que la vivencia y salvaguarda de los valores morales presupone el respeto de ciertos principios éticos que nacen de la realidad misma y que garantizan que los valores puedan ser respetados, protegidos, promovidos. En ocasiones se formulan de forma negativa: no mentir, no faltar el respeto, no cometer adulterio; en ocasiones de forma positiva: perdona las ofensa, se generoso, etc. Estos principios señalan la línea que no podemos cruzar sin dañar al mismo tiempo eso que consideramos valioso.
Otro elemento adicional es reflexionar en que no basta reconocer los valores y tratar de vivir los principios. La mayoría de las personas no vamos por la vida tratando de violar las normas éticas, buscando dañar y lastimar a los demás y a nosotros mismos. Los seres humanos frecuentemente queremos hacer las cosas bien, pero en ocasiones no podemos. Y no podemos sencillamente porque no hemos desarrollado el hábito de hacerlo o porque hemos desarrollado el hábito de hacer lo contrario. En definitiva, porque no somos virtuosos, o porque en ocasiones estamos dominados por nuestros vicios. Muchos matrimonios valoraban la familia y sabían que había ciertas cosas que debía hacer y ciertas cosas que debían evitar para vivir un matrimonio feliz, pero fracasaron porque nunca desarrollaron virtudes como la paciencia, la generosidad, el respeto, el perdón, entre otras, necesarias para vivir esos principios y salvaguardar ese valor.
Lo mismo sucede en el resto de nuestra vida. Valores, principios y virtudes son los tres pilares esenciales que sostienen la vida ética, si uno de estos pilares falta, el edificio de nuestra vida moral se tambalea. En algunos casos los valores no se perciben con claridad o la jerarquía de valores se altera; en otros, no discernimos con claridad cuáles son los principios éticos que deben gobernar nuestras acciones. Sin embargo, no enfrentamos una crisis moral fundamentalmente porque hayamos dejado de lado los valores, sino porque hemos renunciado a ser virtuosos. Por eso vale la pena recordar el sabio consejo de alguien que decía: “Si conquistáramos una virtud al año, pronto seríamos perfectos”.
Comentarios: zepedafrancisco@gmail.com
|