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Por Lic. Francisco Zepeda Trujillo
La ética presupone que no todo se vale. Los seres humanos podemos hacer muchas cosas, pero el hecho de que podamos, no nos da derecho a hacerlo. Algunas personas, sin embargo, consideran esta visión un poco anticuada, propia de otros tiempos; conciben la ética como una serie de reglas y normas insoportables, que limitan nuestra libertad, que nos aprisionan y esclavizan. Yo soy libre, luego yo puedo hacer de mi vida lo que me venga en gana. ¡Carpe diem! Gocemos la vida, que al fin y al cabo para eso hemos venido al mundo, y no nos preocupemos de dilemas éticos.
Una visión así puede ser muy tentadora. Quizás más de alguna vez nos hemos sentido seducidos por esta voz. Sin embargo, un poco de reflexión puede hacernos ver lo equivocado que puede ser este camino. Un Ferrari Fórmula 1 ha sido diseñado para correr a toda velocidad en las pistas de carreras especialmente diseñadas para ello, en algunos casos puede casi volar en circuitos callejeros como el del Gran Premio de Mónaco con sus 19 curvas y 3.34 km. Ese es su lugar natural, las pistas. ¿Qué pensaríamos si un día Michael Schumacher decidiese sacar su Ferrari de las pistas para manejar a toda velocidad por las calles llenas de baches y topes de muchas de nuestras ciudades? ¿Si en un arranque de locura intentase circular con su Ferrari por la vereda de terracería, destrozada por las lluvias, que da acceso a una casucha en una barranca? Hablo de un “arranque de locura” porque el sentido común nos hace ver lo absurdo de semejante decisión. Él puede ser un gran piloto, siete veces campeón del mundo, puede tener los recursos para destrozar un Ferrari si así lo quiere, pero es evidente que el Ferrari no fue diseñado para andar esos caminos. Resulta muy poco probable que Schumacher o cualquier otra persona en su sano juicio hiciese eso.
Desafortunadamente, esto que nos parece sensato y racional en relación a un auto de carreras, el reconocer que no fue hecho para cualquier cosa, sino diseñado con una finalidad específica, y que si alguien en su libertad termina por destrozarlo en medio de piedras, baches y topes, puede ser muy libre, pero también muy torpe, no siempre resulta tan claro aplicado a nuestra vida personal y social. Se nos olvida que nosotros también tenemos un diseño y que no podemos correr en cualquier camino. Los filósofos antiguos y medievales hablaban una ley natural que indica a la razón humana el camino para una vida recta, razonable y, sobretodo, feliz. La vida ética, según ellos, consistía en vivir de acuerdo a esa ley natural. En nuestra sociedad, tan dada a rechazar lo “antiguo”, tan aficionada al egoísmo, tan renuente al compromiso, seducida por los espejuelos de una libertad sin límites, tendemos a pensar que esa ley natural no existe. Que cada persona y sociedad en función de sus intereses, de sus costumbres, de su forma de ver el mundo, puede decidir sobre su vida y elegir sus propios valores. Que puede hacerlo, no cabe duda; que si decide andar por cualquier camino, terminará por romper la suspensión al coche de su vida, tampoco.
Muchas de las tragedias que vive nuestra sociedad –la crisis ambiental por poner un solo ejemplo–, así como muchas de las tragedias personales –el chavo de 16 años que se mató por conducir borracho a 160 km por hora– son causadas por la insensatez de no respetar las reglas del juego. Un juego cuyas reglas no inventamos nosotros, pero que tenemos la capacidad de ir descubriendo en la medida en que haciendo a un lado la superficialidad y el egoísmo, nos decidamos a vivir la vida en serio, con pasión, con sensatez y buen juicio. En la medida en que reconozcamos que es posible obrar contra la dignidad de la persona humana, de la misma manera que es posible usar un Ferrari para lo que no fue diseñado, pero que en ambos casos resulta irracional hacerlo y que, por lo mismo, “no debemos” hacerlo, circularemos por un camino que nos permitirá no solo no romperle la suspensión al coche, sino disfrutar, auténticamente “gozar”, la carrera del Gran Premio de nuestra vida.
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