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Por Lic. Francisco Zepeda Trujillo
Frecuentemente se escucha que nada es verdad ni mentira, que todo depende del cristal con que se mira. Frecuentemente, también, esta frase tiene mucho sentido. El punto de vista de quien observa, las experiencias pasadas, los intereses personales, el estado de ánimo o la actitud con que enfrentamos la vida nos hace percibir la realidad de forma diferente. Fácilmente podemos encontrar situaciones que lo confirman: un vaso medio lleno o medio vacío, un lienzo con manchas y garabatos que puede valer millones dependiendo quien lo firme, un frío día de invierno en el que los niños llegan a la escuela con gorros y chamaras porque estamos a 10º sobre cero o un día soleado en el que la gente sale a los parques en shorts, minifaldas, sandalias y playeras porque el invierno ya pasó y solo estamos a 2º bajo cero. Valdría la pena, sin embargo, preguntarse si realmente “todo” depende del cristal o si en algunas situaciones no es así.
Los juegos entre niños, plagados de imaginación y creatividad, en los que prácticamente todo es posible, en ocasiones son interrumpidos pon un tajante “¡no se vale!” Ellos tienen sus reglas, códigos explícitos o sobreentendidos, que permiten que el juego siga. En las escondidillas, el que busca se voltea a la pared, cierra los ojos y cuenta a veinte o diez antes de salir en busca de sus compañeros; pero sí voltea antes, no se vale; -“así no tiene chiste”- grita alguno, el juego deja de ser divertido y pierde su razón de ser. No se vale hacer trampa, no se vale enojarse y aventar el tablero cuando estás a punto de perder o no se vale trabar el pié; algunos lo hacen, pero todos los demás saben que eso no se vale, independientemente del cristal con que se mire.
Los adolescentes son también muy sensibles a estas situaciones, en ocasiones hacen trampa, copian en los exámenes, le sacan un billete al papá para invitar a la novia al cine, se “roban” el coche para ir a una fiesta cuando los papás están de viaje y encuentran manera de justificarlo dependiendo del cristal con el que estén mirando. Pero hay ocasiones en que saben que no es así, y pocas cosas les duelen tanto como el saberse engañados o traicionados por sus padres o sus educadores. Si un padre castiga a su hijo, o un profesor sanciona a un alumno, por una falta que no cometió, si se negaron a escucharlo a pesar de que podía demostrar que no era así, el reclamo será inmediato: ¡No se vale! ¡No es justo!
Creo que los adultos podemos aprender mucho de esta intuición de niños y adolescentes. No es cierto que en los negocios como en la guerra todo se valga, como tampoco es cierto que podamos justificar todo con nuestro punto de vista. Que lo hagan algunos o lo hagan todos, que sea la forma en que se hacen aquí las cosas, no quiere decir que sea correcto hacerlo. En ocasiones “el cristal con que se mira” es únicamente un pretexto para intentar justificar nuestra incapacidad profesional, nuestra falta de responsabilidad y civismo o nuestra carencia de respeto a los derechos de quienes nos rodean. Por ello, “¿se vale?” es una pregunta fundamental que debería preceder todas nuestras acciones, pensar antes de actuar y decidir si lo que voy a hacer es correcto, es el punto de partida para una vida honesta y razonable, respetuosa de mi dignidad y de la dignidad de los demás. Y por ello, también, es importante formar nuestra conciencia para que aprenda a discernir qué sí se vale y qué no, sea en nuestra vida personal o familiar, profesional o ciudadana.
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